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2.1.26

Japón 2025: Kyūshū (1)

Hace dos años, cuando íbamos en el monorriel de los Little Twin Stars rumbo al aeropuerto de Haneda para regresar de nuestro primer viaje a Japón, le dije a Marido: 
—¿Cuándo volvemos?
—2025 —me contestó sin dudarlo. 

Y volvimos. Esta vez, se la dedicamos a la isla de Kyūshū. La mitad norte, nomás, porque hay tanto para ver que pretender hacer todo en 15 días hubiera sido criminal. 


 07/12, domingo 

Después de ¡26! horas de viaje, llegamos al hotel New Nagasaki.  Todos los vuelos salieron puntuales y bien, el servicio de a ANA exquisito, lo cual, después de un año de viajes más que accidentados, es de agradecer. En el aeropuerto de Haneda, esperando el vuelo de conexión, 

comimos un udon muy, muy rico, a pesar de ser “de los que se piden en máquina, con carnita y un huevo poché. Del aeropuerto de Nagasaki tomamos un bus al hotel, al lado de la estación de tren, y ahí me pegué el susto de mi vida, porque al desensillar en la habitación no encontraba la billetera. La billetera con la mitad de plata para el viaje y las tarjetas, todas, que además tenía que presentar para cambiar el JR Pass. El chico de la recepción, amoroso, hasta llamó la empresa de buses del aeropuerto, último lugar donde la había usado, para preguntar. Finalmente, Nacho la encontró bajo la cama, cómo carajo se fue ahí la hijaeputa, no sé. 

Pasado al momento de pánico, me bañé y salimos a 1) cambiar el JR Pass para el norte de Kyūshū, lo que nos llevó más tiempo de lo previsto porque, aunque no había cola, las 3 personas que estaban en las sendas ventanillas parecían estar cambiando vouchers para toda la ciudad; y 2) encontrar un lugar para cenar. En la misma estación nos metimos en un restaurante donde probamos champon, la versión local del ramen con de todo y también kakuni manju, sándwich de panceta de cerdo fresca marinada y cocida lentamente, en un pan tipo bao. Delicioso todo, sobre todo el champon, que venía en un caldo de huesos espectacular, denso, con un sabor más parecido al occidental que el del clásico tonkotsu ramen. Después nos fuimos caminando hasta el pie del teleférico del monte Inasa, que tomamos. Desde allí se tienen vistas panorámicas de la bahía de Nagasaki. Además de muy lindo, una buena forma de cerrar el día habiendo hecho algo más turístico que colapsar en el hotel.  


08/12, lunes 

Arrancamos con opíparo desayuno en el hotel; probé varias delicatesen locales, la mejor, hatoshiuna mena de gambas rebozadas y fritas (por supuesto, algo hecho en milanesa no puede fallar)También había kamaboko, una especie de tortilla de pescado que me hizo acordar al pastel de pescado de mi vieja.  


Fuimos luego al sitio de la bomba atómica, que consta de varias partes: primero visitamos el Parque del Hipocentro de la explosión, el punto cero de la bombaEl lugar en sí es lindo, pero me agarró una congoja violenta que me tuvo llorando todo el parquecito. Innecesario. 

Seguidamente fuimos al Parque de La Paz, al lado, muy amplio. Está ok, pero la profusión de monumentos de dudoso gusto, por mucho que sean en pro de la Paz, le quita un poco de belleza. Impasse para ver la catedral católica de Urakami, reconstruida después de la bomba. Dicen que es, o era, la más grande de Asia. De ahí  fuimos al Museo de la Bomba: más hacerse mierda al pedo, pero por lo menos la propuesta museística está bien hecha, y el edificio es original. Tomamos un café en el propio museo y seguimos al Pabellón Nacional de la Paz,monumento en memoria de las víctimas de la bomba. Este sí valió la pena: un des-pe-lo-te de edificio brutalista, hermoso, solemne y cálido a la vez, luminoso aunque está en un subsuelo, deme milHabía para hacer grullas de papel, sea como souvenir o para ofrecer a los difuntos. Hice dos, una para cada.

  

Comimos en un lugar cercano especializado en katsudon, muy rico y barato, y tomamos luego el tranvía a la iglesia de los Veintiséis Mártires. Oficialmente es la iglesia de San Felipe Nishizaka, pero como los Veintiséis Mártires es el nombre oficial de la Catedral de Ōra (a la que nadie llama por su nombre oficial), a ésta le pusieron el nombre de uno de los veintiséis, junto al monumento que recuerda a este grupo de misioneros y fieles católicos que en el siglo XVI, cuando se prohibió el cristianismo, murieron por la fe. A fines del siglo XIX los canonizaron. La Iglesia es moderna, de los sesenta, sencilla, por fuera con dos torres de clara inspiración gaudiniana con trencadís, por dentro austera, con algún detalle de forma que le da un toque distinto de los occidentales, por ejemplo la forma de las lámparas o algunas ventanas. Como esto es Japón, en la entrada había sello para poner de souvenir y grullas de papel junto con las velitas y el pesebre.  

Seguimos caminando y fuimos al templo Fukusaiji, que se distingue por su pabellón principal en forma de tortuga. Adentro se conservan restos de soldados caídos y mementos de las víctimas de la bomba.

Un jardín sencillo, chiquito pero lindo. Pasamos por un par de templos más, el Kanzenji, parecía cerrado, hay un alcanforero muy grande; luego por el Shōfukuji, pero estaba en reastauración así que nada; seguimos al santuario Suwa (tip: si dice templo o termina en -ji es budista, si dice santuario o termina en jinja, jingu o taisha es sintoísta), pero entramos por el parque de Nagasaki, así que llegamos primero a un laguito muy cuqui, con peces koi y una señora muy elegante en kimono le pidió a Nacho si les hacía una foto, el marido estaba trajeado y su hijito de unos seis años también con kimono. Creo que tantas veces como nos alabaron el hablar (algo de) japonés, le alabaron a Nacho la cámara. 

En el Suwa Jinja me compré mi goshuincho, el cuadernillo especial para coleccionar los goshuin (sellos) de los santuarios. Bajamos hacia el río pasamos por otro santuario, de Ise, segundo goshuin del día, y por un templo, este de casualidad, con un ginko hermoso en el patio, cuyas hojas alfombraban todo de amarillo. Después visitamos el templo Kōfukuji, precioso, muy cuidadito, tenían goshuin en hojita suelta (kakioki) pero no conseguí goshuincho. No sé si no tenían o si no me lo quiso vender, me dio medio ortiba el de la entrada.  

Bajamos por los puentecitos del río y vimos tienditas. Comimos una porción de kasutera de Ijindo, rica. Kasutera es la japonización de “Castelha”, por “pao de Castelha”, bizcocho portugués parecido al actual pao de lô, que los navegante llevaron a Nagasaki en el s. XVI. Los japoneses lo adaptaron al gusto local y hoy día es un clásico de la repostería nipona. Volvimos al hotel, desensillamos y nos fuimos a cenar. 

09/12, martes 

Arrancamos el día en Dejima, la antigua isla artificial que era el único lugar donde podían estarse los portugueses y holandeses que comerciaban con Japón en la era Edo. Con los años desde la apertura quedó incorporada a la ciudad, pero hay un proyecto para restaurarle la insularidad. 


La ex-isla está museizada y se visitan varios espacios que recrean las dependencias donde se quedaban los occidentales. Los objetos europeos en sí nos los conocemos, pero fue muy interesante ver la mezcla japo-holandesa entre la decoración, como juegos de comedor sobre suelos de tatami y paredes empapeladas al estilo europeo pero con estampados típicos nipones. De ahí fuimos al Glover Park, colina donde se instalaban los ricachones extranjeros a partir de la reforma Meiji, con lo que hay hermosas casas de estilo occidental. Me recordaron a las que vimos en Filadelfia. Había un estanque con peces koi y un gacha de comidita para darles, les di, obvio. También rondaba un gato negro con collar celeste con brillitos que se dejó mimar

Al salir del parque visitamos la catedral de Ōra. Cara para lo que es. Es raro ver imagería católica en Japón, la verdad. Almorzamos de kombini, yo korokke y nikuman, Nacho katsudon y tamagosando. 

Vimos un poco el Museo Digital de Gunkanjima, que estaba mejor de lo que el nombre sugiere, y a continuación tomamos el barquito a la isla con el tourque habíamos reservado. Hajima, apodada Gunkanjima por su silueta que recuerda a un barco de guerra (gunkan) fue una colonia minera hasta 1974, cuando la mina de carbón se agotó, cerró, y la isla quedó desierta. Desde entonces los edificios se han ido degradando, claro, dándole ese aire postapocaplítico, de hecho desembarcamos pero solo se puede acceder a tres miradores, no adentro del pueblo, por seguridad. Cinco mil personas vivían en la isla, de unos ciento sesenta por quinientos metros. La mina arrancaba 600 metros bajo tierra y se extendía varios kilómetros bajo el lecho marino. Valió mucho la pena. 

Al volver a tierra nos separamos: Nacho volvió a Ōra a fotografiar la iglesia con buen sol de tarde y yo me fui, antes de que cerraran, a Fukusaya, una confitería que viene elaborando torta kasutera desde 1624. El local, preciosocon colección de jarrones de vidrio antiguos, con la compra me regalaron un gojōin (como el goshuin pero de lugares civiles). Y la torta, que comimos después en el hotel, mucho muy rica, más que la del día anterior. Me fui de ahí poco menos que corriendo de vuelta cerca de Ōra, pues Nacho me avisó que en la calle Orandasaka (cuesta de Holanda) se podía visitar una casa del S. XIX, y faltaba poco para el cierre. Vimos dos, y nos volvimos por la callecita por la que había llegado yo, que resultó ser de lo más ghiblinesca, con gatos callejeros a los que justo les llevó comida una viejita. 

Dimos un paseíto por el Chinatown y oh, maravilla, había una tienda de Ghibli. Hiperventilada, quedé. Cenamos en un lugar de sushi que resultó ser de lo más pintoresco, decorado vintage y viejito sushiman dicharachero. Salió caro pero la autenticidad de la experiencia y el sushi excelente (incluyendo abalón) lo valieron.

Antes de volver al hotel pasamos brevemente por un shopping, donde pasé por Uniqlo en busca de bombachas. Me explico: Hace unos años me compré en el Uniqlo acá en Barcelona bombachas tipo bóxer pero de mujer. Comodísimas, lindas, calidad excelente, te agarran todo pero no quedan como “bombacha de vieja” ni se te meten en la raja como las culotte. Pero ya no las traen, y aunque conseguí unas parecidas en H&M, no son lo mismoAsí que se me ocurrió fijarme si en Japón todavía las tenían. Eureka. Me compré 10.  

10/12, miércoles 

Nos levantamos bien temprano para hacer el takkyubin a Hita. Se trata de un servicio de envío de maletas. Pagás y te mandan la maleta a tu próximo destino, a donde llega al día siguiente. Habíamos oído muchas loas de este servicio pero, con nuestra desconfianza sudaca, en el primer viaje no nos habíamos animado. Esta vuelta, como teníamos un par de paradas de solo una noche, en la que podíamos arreglarnos con una mochilita, decidimos probarlo y, la verdad, es un viaje de ida. Desayunamos y tomamos el tren de las 7:46 a Takeo Onsen; en los 15’ que teníamos entre trenes dejamos las mentadamochilitas en el locker de la estación y seguimos a Arita, cuna de la porcelana japonesa. 


Todos los carteles del pueblo son de porcelana: superpintoresco, mantenimiento cero, dura forever. Tallercitos y tiendas de porcelana y cerámica por doquieralgunos con precios de escándalo, en plan 100.000 ¥ un platito para la salsa de soja; otros por suerte con precios mucho más populares. Vimos primero un santuario, Izumiyama Benzaiten, que por algún motivo estaba lleno de figuritas de lechuzas, y que albergaba el ginko de Arita, ídem milenario, monumento natural que, dicen, salvó a una familia local de un incendio. 

Tras caminar por las callecitas de la parte vieja del pueblo, visitamos el Museo de Cerámica local, chiquitito, y el santuario Tōsan, que tiene una torii... de porcelana, como no. 

Tomamos un café en una Concept Store muy cuqui, la parte de arriba café con diseño posmoderno y vista panorámica a la planta baja, que era tienda de porcelana y cerámica, tanto de diseños actuales como clásicos. Me compré un platito hermoso de celadón, caro, pero era un anhelo que tenía desde que conocí este tipo de cerámica hace años, en el V&A de Londres

Andando llegamos al Museo de Cerámica de Kyūshū, gratis y espectacular: además de contar la historia y técnica de la porcelana japonesa, la colección es increíble. 

Destaca un reloj musical todo de porcelana, con muñequitos que bailan, divino. La melodía y los protagonistas cambian con las estaciones, y tuvimos la suerte de llegar justo cuando estaba por tocar.  

Hasta el baño es de porcelana.

Comimos en un local de pollo frito, cero glamour, pero comida rica y había nankotsu (cartílago de pollo frito) que me encanta, y volvimos a Takeo. Hicimos check-in en el hotel, muy lindo aunque nuestra habitación tenía una distribución medio rari y las camas quedaban embutidas entre dos paredes. Visitamos el edificio donde era el antiguo onsen público, funcionó como tal hasta principios del s. XX, 

y después fuimos al otro lado del pueblo mientras había luz de día a ver tres cosas: primero, el santuario, grande, con un par de árboles casados” donde las parejas piden por la felicidad en su relación, y un alcanforero sagrado de tres mil años; después vimos el alcanforero del pueblo, de “solo” dos mil años  de edad, por último la bibliotecaun edificio moderno  muy lindo y amplio. Incluye librería y un Starbucks donde tomamos un tecito. Volvimos al lugar de los onsen y nos remojamos en uno, público, que conserva la estética viejuna, no de cuando se abrió (1876) pero sí de mediados del siglo XX.  

Costó encontrar lugar para cenar en un pueblo que, siendo francos, salvo los lugares visitados, es feo de cojones, cero encanto. Parece más una shittown americana que un pueblo japonés. Terminamos en una izakaya muy típica donde pedimos... lo que logramos leer del menú, escrito a mano en japonés, con lo que el Google Translate no lo registraba. Nacho pidió gyudon (carnita sobre arroz) y yo gotōdon (“fideos de las cinco islas”, oriundos del archipiélago homónimo). Venían en caldo dashi con salsita al lado para mojarlos, muy rico y justo lo que necesitaba después del onsen y la fritanga del mediodía. Todo esta explicación de los fideos la descubrí después, en realidad yo pensé que me estaba pidiendo udon de pollo, porque me confundí el kanji de pájaro () con el de isla (), pero por suerte me salió bien. En el hotel a modo de postre nos comimos otra especialidad de Nagasaki que había comprado el día anterior ayer en la estación: pastelito con crema de níspero, muy rico. 


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