Debo desde hace rato el post sobre nuestras comidas en Sudáfrica. Sepan disculpar: son tantas y tan buenas las delicias que comimos, y tan pocas palabras en el diccionario para describirlas. No nos clavamos ni una vez; los precios eran, si no baratos, súper decentes en todos lados; el café ubicuamente bueno, ídem el vino. Los platos eran riquísimos, y las materias primas de calidad (lechuga con gusto a lechuga!)
Si bien mis mediodías en Joburg fueron tranquis, de patio de comidas del megashopping, no se interprete esto como sinónimo de comida chatarra. Entre los varios comederos había uno llamado
Fishaways, donde comí altos filets de pescado con ensalada y bebida por unos 7€ - lo que sale un menú grande de Merdónals acá. Y el último almuerzo, justo antes de subir al avión de vuelta, fue una ciabatta de bacon y brie con cebollita caramelizada...
Como ya mencioné en la crónica del safari, los sudafricanos son carnívoros y saben asar. Además, tienen un montón de bichos comestibles que no se consiguen en otros lados y que, obvio, esta cronista no se iba a quedar sin probar. La primera noche comimos en
The Butcher's shop, que como su nombre lo indica además de restaurant tienen carnicería. Mientras esperábamos la comida nos trajeron de picadita unas
Boerewors, chorizo local, hechas tipo a la pumarola, en rodajitas. Un sabor muy particular y rico. De entrada Nacho se pidió caracoles y yo una ensalada de rúcula y parmesano. La rúcula se ve que era una variedad distinta de la de acá porque sabía diferente, la forma de las hojas tampoco era la misma, pero igual estaba riquísima. Después comimos los dos lo mismo, la carne de caza del día que en esa ocasión fue kudu. Rico, silvestre de verdad, carne fibrosa y sin desangrar. Venía con una especie de Rotkohl (chucrut de repollo colorado, vamos) que le quedaba perfecto, una salsita cremosa de pimienta que no le eché porque no me convenció mucho la combinación, y arroz (Nacho fritas). Lo mejor: El pinotage de la casa, exquisito, muy frutado pero nada dulce, una delicia.
Las siguientes dos noches comimos en un restaurante africano ubicado frente al primero:
Lekgotla. Vamos a ponerlo así: Quiero volver a Joburg y pasarme una semana internada ahí para poder probar todo el resto de la carta. En la primera cena comí un churrasco de springbok, con salsita de vino tinto sobre colchón de espinaca y cebada: hands down una de las cosas más ricas que he comido en mi vida. No puedo ver una gacela sin acordarme de ese plato, por favor. Me hace falta mucha falta no sé tú. De acompañamiento pedí mealie pap (puré de maíz blanco) con chakalaka (una salsa picantona). No me convenció mucho, por ahí si hubiera venido con más chakalaka... pero tampoco era cuestión de embotarme la boca de chili y perderme el festival de sabor que era la carne. Nacho comió curry de cocodrilo, ligeramente agridulce. La segunda noche repetimos la entrada de la primera: langostinos marinados en limón y cardamomo y envueltos en masa
kataifi sobre queso feta grillado, una delicia. Después comí Kingklip, pescado típico sudafricano, con una salsita de curry y maní, muy rico. Lo acompañé de samp, maíz blanco cocido tipo arroz blanco, estaba bueno.
Después del safari, cuyas comidas ya cubrí en el relato del mismo, Cape Town nos esperaba con más mimos gastronómicos. El mismo día que llegamos cenamos en un
restaurant griego del Waterfront, livianito porque habíamos almorzado tardísimo (Nacho hamburguesa de avestruz y yo ensaladota). compartimos una especie de megacroqueta de cangrejo de entrada, venía con dos cachos de calamar encima y una salsita de vino blanco impresionante. Después, pulpo grillado, un clásico que no puede fallar.
El día siguiente era 29, así que tocaban ñoquis. Casi al lado del griego, el italiano
San Marco cumplió el propósito. Nacho comió los suyos con salsa Alfredo, yo con una salsita de cajun chicken deliciosa y picantona. Ahí también tenían ricas tortas, hicimos meriendita un día. A la noche comimos cerca del hostel en Ocean Basquet, una cadena de esas a medio camino entre fastfood y restaurant, pero nos echamos una fuente mixta de pescado y marisco que nos dejó pipones por menos de 20 euros.
El miércoles almorzamos en
Groot Constantia, probamos el bobotie, especialidad cape-malay (de los musulmanes del cabo). Es una especie de pastel-de-papa-sin-papa, un relleno de carne picada con especias que en vez de estar cubierto con puré lleva un batido de huevo que cuaja al gratinar. Venía con arroz con almendras y pasas (que fueron debidamente separadas) y daditos de anco. Rico, aunque no para cada día. La cena fue en
Beleza, a la vuelta del hostel, un local sin pretensiones mezcla de restaurant bar y boutique vintage, con decoración sesentera de reciclaje -me encantaaa- y una carta sencilla de inspiración portuguesa. Compartimos la entrada, mejillones con salsa de vino blanco. Gigantes esos bichos, nunca había visto unos tan grandes*. Después carne grillada con salsa de vino tinto y puré, la carne muy buena, la salsa rica pero para mi gusto le faltaba cocción.
La última noche decidimos castigarnos como corresponde y nos dirigimos a
Arnold's, a una cuadra del hostel, que presentando el volante de propaganda te regalaban una botella de vino. Local sencillo que logra un ambiente cool decorado con dos mangos. Lleno hasta la manija. Pedimos facóquero, y cuando vi el cachocostillar que nos trajeron me sentí una pelotuda por haberle preguntado a la camarera si venía con acompañamiento. Las ricas verduras salteadas quedaron de garpe mientras mondábamos las costillitas sin ningún pudor, carne deliciosa, tiernísima y nada grasienta, regada con pinotage a destajo. Sí, nos comimos a Pumba y lo volvería a hacer.

Por si no nos hubiera bastado, pedimos postre, Nacho cheesecake y yo un dúo de mousse de chocolate que me noqueó. La de chocolate negro esa muy rica; la de chocolate blanco era suprema, cremosa, sabrosa, intensa.
Por supuesto no faltó algún que otro almuerzo de merdónals o kebab; incluso una noche cenamos en el hostel. Pero a quien no se interese por los animales, ni la botánica, ni la historia del apartheid, ni las olas surferas del Cabo, Sudáfrica bien vale un viaje sólo por la comida.