Páginas

4.1.26

Japón 2025: Kyūshū (y 3)

13/12, sábado 
Dijimos adiós a Hita luego de un desayuno occidental bastante digno en el hotel y hacer takkyubin a Fukuoka. Previo a subir al tren rapiñé unos sellos más de Levi en la oficina de turismo. Llegamos a Yufuin, arrancamos a caminar por la principal y fue ahí donde, después de cuatro días, volvimos a ver algún occidental. Yufuin es bonito, eso sí, el lugar más eminentemente turístico en el que estuvimos hasta ahora. Mucha gente, vale decir que era sábado, y precios de turista también. El Yufuin Floral Village, que yo imaginaba como un barriecito dentro del pueblo por llamarle de alguna manera, es en realidad una galería comercial hecha y derecha, al aire libre, con locales hechos tipo cottage europeo. Mucho negocio de franquicias: Harry Potter, Moomin, Ghibli, un cat café y owl café y, lo que no me hubiera imaginado jamás: un rincón dedicado íntegro a mi amada Heidi! Con cabritas y todoQue por 100 ¥ les podías comprar comidita. Obvio que les di. Y obvio que me compré cosas varias, incluyendo una olla lechera de enlozado, más cómodo que la mierda para llevar en la mochilita.

El lago Kinrin, que tan cuqui parecía en Google Maps, lleno de turistas: no era la cosa bucólica que había imaginado. Comimos en un tonkatsu normalito, pero que, con la cantidad de gente que había pululando, preferimos priorizar el sentarse cómodos a comer como dios manda. Pasamos por un templo budista, el Bussanji y, aunque faltaba casi una hora para poder hacer check-in, nos mandamos al ryokan porque empezaba a llover y hacía un frío ojetudo. El día una merda, pero nos sirvió de excusa para sacarle jugo a la bella habitación del ryokan

Lamentablemente no conseguimos usar el onsen privado, que nos hubiera permitido remojarnos juntos, ya que los baños, al ser un espacio donde se entra en bolas, están segregados por sexo. No, no sé qué hace una persona no binaria o trans en un onsen japonés. No creo que estén preparados para ese debate aún. Fuimos al rotenburo, divino, grande, de piedra, y una metida en el agua calentita mientras ve llover. La cena fue estilo kaizeki: tropecientos platitos con bocaditos de varios tipos, nabe, yakiniku, sashimi, arroz y miso por supuesto, y postre, todo riquísimo pero aunque dejé de varias cosas, salí rodando. Tomamos un trago en el bar del lobby, que era self-service, y nos retiramos a nuestros aposentos. 
14/12, domingo 
Usamos una vez más el rotenburo antes de desayunar, opíparamente pero, como el arroz era a discreción, logré no excederme. Hicimos el checkout y visitamos el cercano Unagihime Jinja. Después nos fuimos por el camino largo de nuevo a la principal, donde volví a a alimentar a las cabritas, picamos algo, y visitamos el museo de la era Showa. ¡Buenísimo! Reconstruye ambientes varios del período 1926-1986, con un montón de objetos viejunos que se pueden tocar

A las doce tomamos el Yufuin no Mori; no era el mismo tren que a la ida a Hita pero igual era mono aunque no fuera tan vintage ni tan lujosito.  
Ya no estamos en el campo. Eso es lo que nos vino a la mente al salir de la estación de Hakata y encontrarnos en la gran ciudad. Lo que hoy llamamos Fukuoka es la fusión de dos pueblos anteriores, Fukuoka y Hakata. Como Vilanova i la Geltrú, vamosPero la estación de trenes y la zona que la rodea conserva el nombre de Hakata. Hicimos el check-in y salimos a caminar; casi al lado del hotel hay un santuario y vimos también un jardín japonés, el Rakusui-en, muy lindo donde, oh maravilla, estaban fotografiando una boda sintoísta. Tomamos un café con torta y deambulamos por Canal City, un shopping noventero. Se hizo oscuro y pasamos por la famosa zona de yatai, carritos con comida, pintoresco, pero seguimos para cenar sentados y cómodos. Recalamos en un restaurante de lengua en Canal Citynada especial. Volvimos al hotel, fuimos al sentō (baño público no de agua termal) y lavamos ropa, que ya tocaba. 

15/12, lunes 
Que quede inscrito en la historia que hoy, quince de diciembre del año de Nuestro Señor dos mil veinticinco, ha sido el día que en que he probado el natto (porotos de soja fermentados)¿Me gustó? Nopero tampoco es la cosa horrible y asquerosa que se dice por ahí. Con su salsita mejora, y mezclado con arroz, más. Aún así, los hilitos de pringue que se forman con la fermentación son realmente un incordio, más que el sabor en sí. 

Después de tan revelador y desmitificador desayuno, salimos de templos. Primero el santuario Kuchida, después el templo Tochoji, que tiene una pagoda de cinco plantas y un Buda gigante de madera. Seguimos hasta el Shōfukuji, pero nos quedamos en los jardines ya que nos topamos con que el templo no está abierto al público. Ya tengo tres tres hojitas sueltas con goshuin de templos y no he conseguido comprar un goshuincho. Tomamos un café con tortita, y visitamos el museo folklórico de Hakata, que reproduce una casa de la era Taisho (1912-1926) y donde vimos algunos de los artes y oficios de la zona. Destaca el Hakataori, tejido tradicional con diseño de rayas característico, muy apreciado como obi para los kimonos en todo Japón. 


Comimos Hakata ramen, delicioso. El caldo es como el tonkotsu pero los fideos más finitos, y más al dente. De ahí fuimos a Odori Park, el jardín japonés estaba cerrado pero igual el lago es hermoso, y gigante. Seguimos hasta la Fukuoka Tower, justo sobre la playa de Momochi, por la que caminó Juan Luis Guerra en su Bachata en Fukuoka. Impresionantes vistas desde arriba. 
Tomamos el té ahí mismo, con la panorámica y descuento simbólico de 50 ¥ (33 céntimos) por juntar todos los sellitos del mirador, y después fuimos al Team Labsque hacen videomappings inmersivos, caro pero muy lindo. Gente que entendió el concepto de instalación artística. Volvimos a la zona de Hakata para la cena ya que, con la batería del móvil en mínimos, si se nos moría, sabíamos ubicarnos para volver al Hotel. Cenamos yakitori en un lugar muy bonito, que aunque algo lento el servicio, la verdad estaba buenísimo. 

16/12, martes 
Nos levantamos temprano para ir al santuario Munakata. Tren hasta un pueblo de nombre Tōgō y bus hasta el santuario. El de Munakata es el principal de una tríada de santuarios, los otros dos en las islas de Okinoshima, inaccesible al público pues morada de los Kami, y Ōshima, a la que pensábamos ir, pero el día se puso rechoto con lluvia y frío húmedo ojetudo y, como dicen que si rezás en los tres altares de Munakata es como si hubieras sido a las islas, decidimos abortar, no daba para tomar un barquito y después caminar al santiario tres kilómetros (entre ida y vuelta) con ese clima.



Tomamos un cafecito frente al santuario mientras esperábamos que se hiciera la hora del bus de vuelta a Tōgōque tomamos frente al konbini más triste que he visto, y nos regresamos a Fukuoka, donde nos bajamos una estación pasando Hakata para ir al shopping La La Port, donde hay un Gundam tamaño natural y a Nacho le hacía ilusión verlo. Previamente comimos tonkatsu en el propio shopping

Aquí nos separamos y cada quien se fue de tiendas por su lado, nos rejuntamos a las seis en el hotel y tras reposar un ratito salimos a cenar. Comimos motsunabe, que es como un guisito de achuras y verduras, repollo, ajo y nira, básicamenteque te hacen en la mesa con hornallita de gas. Muy rico, reparador y con cantidad de verdes después de muchos días con sobreabundancia de carne e hidratos. 

Una vez comidos probamos nuestra suerte en el karaoke. A pesar de que la máquinanola solo estaba en japonés y nos costó entendernos, estuvo muy divertido, al punto que nos quedamos media hora más de los sesenta minutos originales. 

17/12, miércoles 
Después del fantástico desayuno del hotel (realmente el buffet del Hokke Club Fukuoka es espectacular), nos tomamos el tren a KitaKyūshū. Fuimos hasta Mojiko, que conserva, y explota, su lado retro, con varios edificios de principios del siglo XX. Pasamos un rato de lo más entretenido en el Museo del Ferrocarril, muy bueno, con varios trenes antiguos a los que se podía subir y un simulador de conducción incluido en los 300 ¥ de entrada. También hay un trencito miniatura, pero por mal clima estaba cerrado. 

















A pesar de la lluvia nos animamos a subir a un restaurante que funciona en un edificio de madera, tradicional japonés, de 1931. El restaurant sigue funcionando, muy exclusivo y solo con reservas, pero el edificio se visita gratis. Muy lindo. Cuando salimos, ya ahabía amainado. 

Comimos (en otro lado) una especialidad local, yaki karē (curry gratinado al horno). Muy rico y apropiado después de la mañana lluviosa. Subimos al mirador de Mojiko Retro, desde donde se ve el estrecho de Kamon, que separa Kyūshū de HonshūEn el punto más angosto tiene sólo 500 metros de ancho, y hasta hay un túnel peatonal que lo cruza por debajo, que quedará para alguna otra ocasión, si los Kami lo permiten.  
Como Fukuoka, Kitakyūshū se formó por aglutinación de varios pueblos preexistentes, por lo que la estacióprincipal de tren es la de Kokura, a donde regresamos, y visitamos su castillo
El castillo original se quemó en el siglo XIX, pero en los cincuenta, a instancias de la gente de la ciudad que quería recuperar ese símbolo perdido, se reconstruyó, al igual que el de Osaka, ya como museo. Previa meriendita en el piso más alto del castillo, visitamos el jardín japonés que hay al lado, con un estanque en bajonivel para tener vistas más chulas desde la antigua casa de té, hoy reconvertida en espacio cultural. Volvimos a la estación en monorriel, porque por qué no, y fuimos al museo del manga, que está en un shopping llamado Aru Aru City que es todo de tiendas friki. Probé suerte en los gacha, pero claramente no estoy de racha, pues además de no haber casi ninguno de animes que siga, de los dos que habia me salieron los personajes que menos me interesaban. 



Cenamos sushi en un restaurante del shopping de la estación y, a instancias de Nacho, volvimos a Fukuoka en shinkansen, lo que redujo el viaje de una hora sólo veinte minutos, dejándonos un poco más de tiempo para la titánica tarea de armar la valija y decir adiós a esta isla hermosa de Kyūshū. Para enamorarse bien hay que venir al sur. 


18/12, jueves 
Llegamos al aeropuerto con tiempo de sobra, y cual no fuera nuestra sorpresa al subir al avión de ver que era un... ¡787! ¡Para un vuelo de cabotaje! E iba bastante lleno...  


Al llegar a Tokyo hicimos almuerzo temprano en Haneda mismo; Fuimos hasta nuestro hotel en Nishi-Nippori, dejamos las valijas y nos fuimos de paseo por la zona, Taito City, que nos gustó mucho, es muy barrio. Pasamos por el cementerio de Yanaka, enorme, y la calle comercial de Yanaka Ginza, donde me compré una muñeca kokeshi en un anticuario. Previo, paramos en un café todo tema gatitos, muy mono. 




También estuvimos en el santuario Nezu, con un caminito de Torii. Llegando a Nippori luego de completar la vueltita, me pasé un rato por la llamada Fabric Town, una zona toda de telerías y mercería. El Once nipón, vamosSegunda compra ridícula del viaje: una bolsa de retales por la igualmente ridícula suma de 100 ¥, que increíblemente trae telas de las texturas y colores que estaba buscando hace rato para hacerle un vestido una muñeca. 
Nacho se fue a un sentō viejuno, yo no tenía ganas así que llegué al hotel primero e hice el check-in. Y aquí la segunda sorpresa del día. Vale comentar que el día anterior tuve un mini disgusto pues se ve que Booking no pudo procesar la tarjeta de crédito y canceló la reserva del hotel de Tokyo, cosa que vi de casualidad. Por suerte pude re-reservar en seguida, un pelín más caro que la reserva original pero no mucho (unos 30 euros en total, nada) así que no le dí más importancia. Pues llego a la habitación y es enorme, le calculo unos 30 metros cuadrados, con vistas panorámicas a las tres líneas de tren que pasan por ahí, tatami, balcón, un desconche. 


Cuando llegó Nacho salimos a cenar, entramos en un sitio especializado en anguilaque en este viaje todavía no habíamos comido. Deliciosa, eso sí: nos quedó el olor anguila por toda la ropa. 

19/12, viernes 
La habitación divina, pero este hotel no tiene desayuno, por lo que pasamos del superbuffet a combo triste en la estación de Nishi-Nippori, y tomamos el tren hasta Gōtokuji para visitar el Templo de los manekineko, “el gatito de la suerte”. Dice la leyenda que a un noble que pasaba por allí, un gatito le hizo gestos como invitándolo a entrar al templo. El hombre lo siguió, y estando allí se largó una tormenta muy bestia, de la que el hombre se salvó gracias a la invitación del gatito. El templo está muy lindo, sobre todo entrando por la avenida arbolada de pinos que hay hacia la entrada principal. Para esto, de Gōtokuji tomamos otro trencito, por una estación, este era viejuno, chiquito y cuqui, tipo tramEl templo, como los que veníamos acostumbrados a ver del viaje anterior, tiene varios pabellones dedicados a distintos budas o divinidades. 

El de los manekineko está flanqueado con varias estanterías donde la gente deja ex-votos en forma de gatito (la mayoría comprados en el propio templo, pero había otros), también fotos de sus gatitos. Un lugar de mucha paz, salvo por los putos Instagramers haciéndose books de fotos, completamente ajenos y desinteresados al hecho de que, por muy kawaii que sea, estás en un sitio sagrado. Voto por un monje budista caneando a los incívicos. En este templo, por fin, ¡conseguí goshuincho budista! También me compré una tablilla de recuerdo
 
De ahí fuimos a Shirohige, la tienda que vende bombitas de crema con forma de Totoro. Por suerte llegamos temprano, porque antes de que abriera se fue armando una cola importante, de la que quedamos primeros. La tienda está en un callejón arbolado divino en el barrio de Setagaya; enfrente había el patio de un jardín de infantes, así que la espera se hizo más amena viendo a las bendis jugar
Después de la generosa media mañana, en que devoramos tres Totoros, rumbeamos para Roppongi, donde había una expo del 30º aniversario de Evangelion (anime mítico de los 90). Dcamino y de casualidad atinamos a pasar por el Centro Nacional de Arte de Tokyoun loco edificio brutalista al que, luego de hacer un par de fotos exteriores, tuve la brillante idea de decir: ¿y si entramos? Capaz adentro está bueno, también, y mirar el lobby es gratis. No solo el hall central está impresionante, sino que también había dos o tres expos con entrada libre, una de un concurso de arte donde había que usar técnicas pictóricas tradicionales japonesas, pero de tema libre, por lo que había de todo; y otras dos de caligrafía. En una de esas había una actividad, también gratis total, para pintar un kanji en un abanico de papel, de la que tomamos parte con gusto, nos llevamos el nihongo jouzu de rigor y salimos tan contentos. Almorzamos en el propio museo, nada menos que en la Brasserie de Paul Bocusse, que tenía un menú muy decoroso por 3.200 ¥ (18 euros), en ese lugar divino, una experiencia súper top 



Y luego de este serendipitoso desvío de noventa minutos por fin llegamos a la Mori Tower dRoppongi Hills paraa la expo de Evangelion, que era en el piso 52, con vistas espectaculares a toda la ciudad. Acá Nacho disfrutó como cochino y hasta se compró cositas en el giftshop, al que solo se accedía con la entrada de la expo


Teníamos otras (muchas) cosas marcadas en el Google Maps, pero a trasmano de donde estábamos, y quedaban ya pocas horas de luz, así que en este punto hicimos un cada uno por su ladoyo me fui a un par de papelerías cuquis, en una de ellas (en la que terminé comprando) que está desde el siglo XVII, y después a Tokio Station, donde compré kasutera en la sucursal de Fukusaya para llevar a los comañeros de la ofi (como es un producto fresco, solo dura 10 días) e hice una pasada por la Character Street, sin mucho éxito. Para nuestra última cena fuimos a un yakiniku de cerca del hotel, comimos Wagyu de varias partes de la vaca, me gustó que te traía una etiqueta diciendo de dónde. esto con arroz, obvio, más el infaltable umeshu de postre. 


Al día siguiente, desayuno en el café de la estación, checkout y Narita Express para el vuelo de vuelta de Suiss con escala en Zurich. また今度、日本!